¿Qué ha pasado con la amistad, el amor y la verdad en el odfelismo?
Por Juan Veras
SANTO DOMINGO, RD.- Una reflexión sobre el alejamiento de los principios fundamentales que dieron origen a nuestra institución
Durante las últimas semanas he recibido numerosos mensajes y correos electrónicos de hermanos que me preguntan por qué he disminuido mis escritos sobre el odfelismo. Algunos me dicen que extrañan aquellas reflexiones en las que acostumbraba a señalar situaciones, analizar comportamientos y defender los principios que, durante tantos años, he entendido que deben orientar nuestra institución. La respuesta no es sencilla, porque escribir sobre el odfelismo no ha sido para mí un ejercicio de entretenimiento ni una búsqueda de protagonismo. Ha sido, fundamentalmente, una forma de expresar mi preocupación por una institución a la que he dedicado una parte importante de mi vida y cuyos principios sigo respetando profundamente.
Probablemente, este sea uno de los últimos artículos que escriba sobre el tema, porque llega un momento en que uno tiene que preguntarse si vale la pena continuar señalando determinadas situaciones cuando quienes deberían escuchar parecen haber perdido la voluntad de hacerlo. Una sociedad que comienza a negar, en la práctica, las razones fundamentales por las cuales fue creada necesita detenerse, mirarse en el espejo y someterse a una profunda revisión. No me refiero solamente a sus estructuras administrativas, a sus ceremonias o a sus actividades sociales, sino a algo mucho más importante: a la fidelidad que debemos mantener hacia los valores que dieron origen al odfelismo.
Ante tantas contradicciones, recurrí al diccionario, no porque desconociera el significado de las palabras, sino porque quise comprobar si quizás era yo quien había interpretado equivocadamente nuestro antiguo y hermoso eslogan: Amistad, Amor y Verdad. Pensé que tal vez esas palabras habían adquirido con el paso del tiempo otro significado, otros valores o una interpretación diferente a la que tradicionalmente hemos defendido. Sin embargo, al buscar sus definiciones, encontré que sus significados siguen siendo tan claros y profundos como siempre. El problema, entonces, no parece estar en las palabras, sino en la distancia que existe entre lo que proclamamos y la manera en que muchas veces actuamos.
La amistad es una relación afectiva y voluntaria entre dos o más personas, sustentada en el afecto, la confianza, el respeto y el apoyo mutuo. Si aceptamos esta definición, tenemos necesariamente que preguntarnos qué clase de amistad estamos practicando dentro de nuestra organización. ¿Es amistad aquella que solamente funciona cuando compartimos intereses, posiciones o grupos? ¿Es amistad aquella que desaparece cuando un hermano piensa diferente? ¿Es amistad excluir, marginar o ignorar a quien formula una crítica? La verdadera amistad no exige pensar exactamente igual; exige respeto, sinceridad y disposición para acompañar al otro, especialmente cuando atraviesa dificultades.
El amor, por su parte, representa un sentimiento profundo de afecto, cuidado y conexión hacia otra persona. Es un vínculo que se fortalece mediante el tiempo, el trato y la solidaridad, y que permite compartir alegrías, tristezas y momentos difíciles sin convertir cada gesto en una transacción. El amor fraternal, por tanto, no puede limitarse a pronunciar palabras bonitas durante una ceremonia o a abrazarnos durante una celebración. El verdadero amor se demuestra cuando un hermano enferma, cuando pierde su empleo, cuando atraviesa una crisis familiar, cuando necesita una mano amiga o cuando simplemente requiere saber que no está solo.
La verdad tampoco necesita demasiadas interpretaciones. Es la coincidencia entre lo que se piensa, lo que se dice y la realidad. En términos sencillos, decir la verdad significa llamar las cosas por su nombre y no presentar como correcto aquello que sabemos que está equivocado. La verdad requiere valentía, porque en ocasiones decirla puede resultar incómodo, puede generar incomprensiones y hasta puede provocar el rechazo de aquellos que prefieren escuchar únicamente aquello que les resulta agradable. Pero si abandonamos la verdad para proteger intereses particulares, entonces dejamos de ser fieles a uno de los pilares fundamentales de nuestra propia institución.
Y aquí aparece la gran contradicción que me preocupa. Mientras hablamos de amistad, vemos cómo se fomenta el grupismo dentro del odfelismo; mientras hablamos de amor fraternal, observamos en ocasiones indiferencia ante las necesidades de nuestros propios hermanos; y mientras proclamamos la verdad, algunas malas prácticas terminan siendo aceptadas, justificadas o presentadas como normales. ¿Cómo podemos explicar semejante contradicción? ¿Cómo podemos pedir respeto a los principios si nosotros mismos contribuimos, mediante el silencio o la indiferencia, a debilitarlos?
También debemos preguntarnos qué clase de prioridades estamos construyendo. En determinadas ocasiones somos capaces de gastar miles de pesos en aniversarios, celebraciones, fiestas, reconocimientos y actividades sociales, mientras mostramos mezquindad cuando un hermano enferma o atraviesa una situación económica difícil. No estoy diciendo que las celebraciones sean innecesarias. La confraternidad también necesita alegría, encuentros y momentos para compartir. Lo que cuestiono es la pérdida del equilibrio: que encontremos recursos abundantes para la fiesta y dificultades insuperables para la solidaridad.
¿Dónde está entonces aquella fraternidad que nos enseñaron? ¿Dónde queda la obligación moral de tenderle la mano al hermano que lo necesita? Una organización fraternal no puede medirse únicamente por la cantidad de actividades que realiza, por la belleza de sus ceremonias, por la cantidad de personas que asisten a una celebración o por los recursos que logra reunir. Su verdadera grandeza debería medirse por la capacidad de sus miembros para vivir los principios cuando nadie los está observando. Porque es muy fácil hablar de amor y amistad cuando todo marcha bien; lo difícil es demostrarlo cuando el hermano tiene problemas.
El grupismo constituye, además, uno de los mayores peligros para cualquier organización que se proclame fraternal. Cuando los intereses de un grupo comienzan a colocarse por encima del interés general, la institución empieza a fragmentarse. Entonces dejamos de hablar de hermanos y comenzamos a hablar de los nuestros y los otros. Unos defienden todo lo que hace su grupo y otros cuestionan todo lo que proviene del grupo contrario. De esa manera, el debate sano se convierte en enfrentamiento, la crítica constructiva es interpretada como enemistad y la verdad termina subordinada a conveniencias particulares.
No escribo estas palabras desde el odio ni desde el deseo de destruir el odfelismo. Todo lo contrario. Precisamente porque creo en sus principios me duele profundamente observar comportamientos que se alejan de ellos. Si hubiera dejado de importarme, probablemente no tendría necesidad de escribir una sola línea más. Mi preocupación nace de la convicción de que todavía estamos a tiempo de recuperar el sentido original de nuestra fraternidad. Pero para lograrlo debemos tener la humildad de reconocer nuestros errores, escuchar las críticas, abandonar los intereses personales y comprender que ninguna posición, ningún cargo y ningún grupo está por encima de la institución.
Después de tantos años, quizás la pregunta más importante que debemos hacernos no es por qué algunos hermanos han dejado de escribir sobre el odfelismo, sino por qué algunos hermanos han dejado de creer que vale la pena hablar de sus principios. Tal vez el silencio de muchos no sea indiferencia, sino cansancio. Tal vez algunos se han cansado de repetir lo mismo sin encontrar respuestas. Tal vez otros prefieren callar para evitar conflictos. Pero el silencio tampoco puede convertirse en la solución. Cuando una institución se aleja de sus principios, necesita voces que le recuerden el camino, aunque esas voces resulten incómodas.
Por eso, antes de decidir si este será realmente mi último artículo sobre el odfelismo, dejo una reflexión para todos los hermanos: ¿qué hemos hecho con la Amistad, el Amor y la Verdad? ¿Las seguimos practicando o solamente las repetimos como parte de un ritual? Si todavía creemos en ellas, tenemos que demostrarlas con hechos. Debemos volver a mirarnos como hermanos, ayudar al que sufre, respetar al que piensa diferente, combatir el grupismo, rechazar las malas prácticas y defender la verdad aunque resulte incómoda. Porque el día en que esas tres palabras dejen de ser una simple frase para convertirse nuevamente en nuestra forma de vivir, habremos comenzado a recuperar el verdadero espíritu del odfelismo. De lo contrario, tendremos que preguntarnos, con toda sinceridad: ¿cuánto hemos cambiado y cuánto más estamos dispuestos a cambiar?





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