EL PRM QUE SOÑAMOS Y EL PRM QUE HOY TENEMOS



Mi Reflexiones como dirigente fundador del PRM sin renunciar a los principios que nos dieron origen.


Escribo estas reflexiones con la autoridad moral que me otorgan muchos años de militancia política, de lucha partidaria y de compromiso con los ideales democráticos que dieron origen al Partido Revolucionario Moderno (PRM).


No escribo desde el resentimiento, ni desde la búsqueda de privilegios personales. Escribo desde la preocupación de un viejo dirigente que conoce los sacrificios que nos costó construir esta organización y que, precisamente por haber contribuido a levantarla, siento el deber de expresar lo que considero una desviación preocupante de sus principios y valores fundacionales.


El PRM no nació para reproducir las viejas prácticas que provocaron nuestra salida del PRD. Nació para superarlas.


Quienes participamos en aquel proceso de construcción partidaria lo hicimos porque aspirábamos a una organización diferente, donde la democracia interna no fuera una consigna decorativa, donde las decisiones se tomaran con participación, donde la transparencia fuera una norma y donde la pluralidad se respetara como una fortaleza, no como una amenaza.


Queríamos un partido en el que la militancia tuviera voz, en el que las oportunidades no estuvieran reservadas para pequeños círculos de amigos, de poder y en el que la lealtad a los principios pesara tanto como las relaciones personales.


Ese era el espíritu que nos animaba.


Los jóvenes y las mujeres no eran decoración


Recuerdo con claridad cómo, en nuestras actividades políticas, procurábamos colocar en primera línea a los jóvenes y a las mujeres de nuestra sociedad. No lo hacíamos simplemente para embellecer una fotografía ni para proyectar una imagen moderna. Lo hacíamos porque creíamos que ellos debían ocupar un lugar protagónico en la construcción del nuevo partido revolucionario moderno y en las responsabilidades públicas de la nación.


Representábamos la renovación, la esperanza y la posibilidad de romper con las viejas prácticas excluyentes.


Por eso, resulta legítimo preguntarnos hoy: ¿hasta qué punto se han convertido aquellos principios en una realidad dentro del partido y del Gobierno?


¿Estamos creando oportunidades auténticas para la juventud y las mujeres, o seguimos utilizando su presencia para proyectar una imagen de participación mientras las decisiones fundamentales se concentran en otros espacios?


La respuesta no debe depender de discursos ni de fotografías. Debe encontrarse en los hechos, en los nombramientos, en las becas, en las participaciones  efectivas del gobierno y en las oportunidades que realmente se ofrecen.


El gran problema es el de confundir al partido con los grupos de poder.


Una de las mayores preocupaciones de la militancia es que las oportunidades gubernamentales no responden a criterios institucionales, a los méritos, a la trayectoria ni a las necesidades del partido, sino que con frecuencia parecen depender de relaciones con determinados grupos de influencia.


Cuando esa realidad se generaliza, se debilita la confianza interna y se alimenta la frustración de quienes dedicamos años de nuestra vida a construir la organización.


Un partido político no puede convertirse en una estructura donde unos pocos deciden, unos pocos recomiendan y unos pocos reciben, mientras la mayoría espera indefinidamente ser escuchada y tener participación.


Los grupos y las corrientes son parte natural de la vida política. Lo cuestionable es que las relaciones particulares, familiares y mariscales terminan desplazando los procedimientos institucionales, la transparencia y el reconocimiento del trabajo colectivo.


Ningún grupo puede considerarse dueño de un partido que construimos con el esfuerzo de miles de hombres y mujeres.


El Gobierno, por su parte, tiene responsabilidades con toda la sociedad dominicana. Pero también debe comprender que la institucionalidad partidaria merecemos respeto y que la experiencia, el compromiso y la capacidad de los militantes deben encontrar cauces legítimos de participación, sin que la afiliación política sustituya los requisitos de mérito, capacidad y legalidad que exige la función pública.


Un partido que no escucha a su militancia se aleja de sus raíces, pierde el rumbo y se aproxima a perder el poder.

Lic. Hector Luis Febles “El Primo”, ex presidente provincial, fundador del PRM, empresario, escritor y político.

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